Cuando pienso en Constanzza Kluchnik y en cómo suenan sus palabras, en cómo respira al dejarlas pasar, me acuerdo de un viejo ceramista con el que conversé hace años. Sentado al torno, moldeando una pieza que luego volvía a convertir en barro de un manotazo, el patriarca me hablaba de su oficio como un asunto misterioso y mundano a la vez, con una actitud diametralmente opuesta a la de un artista. Él era artesano y estaba orgulloso de serlo.

 

Le interesaba más entender a la tierra, conocer el carácter del barro, dominar al fuego, amasar las formas redondas y humildes que luego servirían para usos cotidianos como almacenar el aceite. Rara vez firmaba sus piezas. Oírlo era un ejercicio de sencillez. Y de equilibrio. Porque Sartén, que así llamaban al artesano, estaba en contacto diario con los avatares de la creación: piezas que se resquebrajan en el horno, que salen con defectos imprevistos de nacimiento y piezas dotadas de una rara belleza también, que escapaba a su creador.

 

 

Sabía el lugar exacto que ocupaba entre las cosas, y no era ni mucho menos, el centro. Él seguía perfeccionándose, a sus setenta y muchos, seguía jugando con la arcilla y sorprendiéndose de sus caprichos. Seguía hablando con esas piezas que giraban entre sus recios dedos.

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Y es que Constanzza tiene mucho de artesana, y mucho de barro y agua. Como tú y como yo. Y me gusta muchísimo como expone los principios (con minúsculas, para que nos entendamos) como si colocara unas piedritas recién sacadas del río, sobre la arena, y nos contara con ellas, cómo es que se originó el mundo. Así, no más, con la misma sencillez que describiríamos el vuelo de una paloma, o beberíamos de un caño haciendo una copa con nuestras manos.

 
 

A mí me devuelve a lo natural, a los olivares entre los que me crié, al aire fresco de la sierra. Constanzza no habla de los principios sino desde ellos. Y su mensaje no puede ser más hermoso: nada que hacer, nada que controlar.

Por eso me recuerda a las manos del viejo artesano, hablando en ese lenguaje que sale de la tierra y se mezcla con ella. A su sonrisa, a sus silencios. A alguien que ha vivido lo suficiente como para dejar atrás su propia importancia y dedicarse con todo el alma a jugar.

 

Un gran abrazo, Constanzza. Muchísimas gracias.

 

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