Una conversación con Ana Holmback

Hace algún tiempo, en ese lugar a caballo entre un continente y otro que es a veces una video conferencia, me encontré con Ana. Me volví a encontrar con ella, quiero decir. Porque una parte escondida y cubierta de polvo entre capas y capas de recuerdos, en el desván de la mente, la recordaba bien, de los tiempos en que se llamaba Gretel y yo me llamaba Hansel. ¿Te acuerdas tú también?

 

Hay quien piensa (pobre iluso) que los cuentos de hadas solo sirven para dormir a los niños, sin darse cuenta de que es justo al revés: sirven para despertar. Si queremos, claro. Entre niños abandonados, casitas de chocolate, brujas y bosques encantados guardan el misterio de lo que somos en realidad. De ahí la fascinación que ejercen sobre nosotros.

 

Por eso, cuando me volví a encontrar con Ana, en un rincón del bosque, camino de vuelta a casa ya, no pude evitar dar un salto de alegría. Había crecido, pero era imposible no reconocerla, la niña que fue afloraba por todos sus poros y se asomaba a las ventanas de sus ojos como si estuviera a punto de hacer una travesura. ¿Qué estaría tramando ahora?

 

 

Comenzamos a andar hablando de esto y de lo otro, callando y disfrutando del silencio. Es curioso, mientras íbamos los dos de la mano el bosque era otra cosa. Un lugar mágico, lleno de vida (antes, caminando solo, me sentía perdido, veía peligro y muerte acechando por todas partes...). Los ojos que nos miraban desde las ramas de los árboles parecían sonreír, darnos la bienvenida, lo mismo que lo hacían los arbustos al crujir por la presencia de algún ser arrastrándose entre ellos. Y vimos al león y al oso, y al lobo y a la serpiente de cascabel, pero lejos de atacarnos como a intrusos nos miraban de tú a tú reconociéndonos, ¡o venían a jugar con nosotros! Yo estaba maravillado. Llevaba una espada y un escudo de madera, y una capa que me había hecho con un plástico, pero aquello no servía de nada. El brillo en la mirada de Ana, su inocencia, que decía "yo soy como tú, soy tú", bastaba para desarmar (y almar) a todas las criaturas del bosque.

Al cabo de unas cuantas leguas juntos, nos separamos. Es un decir, claro...

El otro día, en ese claro del bosque que es SIN LÍMITES, volvimos a juntarnos y le pregunté:

—¿Falta mucho para llegar a casa, Anita?
—Hace tiempo que hemos llegado, Luisito. ¿No te das cuenta de que nunca salimos de ella?

Y, colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

 

Un abrazo enorme, Ana. Gracias de corazón.

 

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