"Y Él, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos".

Nuestro compañero Javier nos recordó estas divinas palabras, y Lola, con su presencia, con su entusiasmo, su alegría, su apenas disimulada niñez, se encargó de que no las olvidáramos.

 

 

 

Y una vez más, para regocijo de nuestra pequeña tribu que se reúne los miércoles a escuchar a las contadoras de historias, al chamán que nunca perdió la gracia de la tierra, a las niñas eternas que vislumbran lo que hay al otro lado de esa cortina gris que conforma el mundo de "los mayores", una vez más, digo, al terminar lo que apenas parecían unos minutos de charla, nos dimos cuenta de que mirábamos las cosas de otra manera.

 

Y de que en nuestros ojos había un brillo que antes no estaba.

Quiero ser breve, a propósito, para que las palabras y las ideas no enturbien lo que solo una sonrisa sabe explicar.

 

Gracias enormes, Lola. Nos has dejado un olor a lápices y gomas de borrar de nata, a gominolas y chicles de fresa, que se queda para siempre con nosotros: el pasaporte para entrar al Reino...

 

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