Por un lado están los pensamientos, que son más o menos transitorios, y las ideas, que se quedan a vivir con nosotros largas temporadas, a veces una vida entera. Aunque, ¿qué son, en realidad esas ideas? ¿Qué tenemos que ver con ellas? ¿Por qué acostumbramos a hablar de ellas como si fuéramos sus padres, con pasión, con orgullo, con posesividad...? Será porque al fin y al cabo se trata de "nuestra" manera de ver las cosas, "nuestros" principios, "nuestra" educación. Antes matar que dejar que nos las cambien. Las ideas forman parte de ese patrimonio invisible al que le damos un increíble valor; son precisamente, nuestros valores.

 

Por otro lado está Inés. Y los gatos. Siempre, desde que la conocí, me he sentido identificado con ella, con su personaje y con lo que hay detrás de él, una vez que cierras la puerta de la casa y pasas a las habitaciones interiores. Me gustan su serenidad y su humor, me resuena su rectitud, su "religiosidad". Yo aprendí una rectitud parecida. Con su luz y su amargura. Es una especie de columna vertebral que nos hace sentarnos muy erguidos y tener un pensamiento que se parece a una espada. Pero ahí están los gatos, ahí está esa sutilidad, esa suavidad, ese humor fino. Como el estuche de terciopelo donde se guarda la espada.

 

El otro día Inés, sin sus gatos esta vez, me hizo el regalo del siglo. Me enseñó cómo funciona ese pensamiento con el que desfacemos entuertos y atacamos a molinos convertidos en temibles gigantes. Me mostró en toda su crudeza ese deseo que comparto con ella de salvar al mundo, de hacer que ganen los buenos, de corregir injusticias. Es una espada de doble filo. Aprendí que somos juez y parte en nuestros juicios, que al atacar con nuestro intelecto (a veces con la excusa de defender) no dejamos ni un solo instante de juzgarnos a nosotros mismos. También aprendí que todas esas ideas no tienen nada que ver con nosotros. Simplemente están ahí desde hace muuuuuucho tiempo. Pero puedes asomarte, mirar por encima de ellas, tratar de ver qué hay más allá...

 
 

Y ahí es donde intervienen los gatos. Porque, por suerte, tenemos ese otro lado, esa curiosidad intrínseca y divina, ese delicioso no saber y morirte de ganas de saber, que nos redime.

 

Cuando Inés (y sus gatos invisibles) terminaron de hablar, sentí que se me había roto parte del muro de ideas que me tapa la vista. Sus palabras y su silencio habían hecho una solapada labor de demolición sobre los viejos ladrillos. Ahora podían verse huecos aquí y allá, que dejaban vislumbrar el paisaje de las cosas y las gentes y me invitaban a jugar, a quitarle la z a juzgar y quedarme con el juego y la curiosidad por el otro, por los otros, por esas formas de ver el mundo y las relaciones que no compartimos.

 

Muchísimas gracias, Inés. La historia (nuestra historia) no ha hecho más que empezar. Hay tanto por saber...  :-)

 

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